La Ciudad


José León Tapia Contreras

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El centro de la ciudad, formado por la Calle Bolívar y los alrededores de la Plaza Bolívar, era de viejas casas ruinosas techadas de tejas y con paredes de calicanto. Y a pesar de afirmarse que antes de la Independencia, casi todas eran de dos pisos, la pobreza dejada por las guerras hizo que las reconstruyeran de uno solo, pues la candela, el plomo y la muerte, sumieron la población en total decadencia.

A pesar de las calle se podía reconocer, por las referencias de los viejos, la Casa de Gobierno, colonial cayéndose en los inviernos, invadida de goterones, luego de la reconstrucción a todo lujo que en los últimos años le había hecho el general [Isilio] Febres Cordero. La casa de los Canales, la mansión de Manuel Pulido y las viviendas tradicionales de los Acosta, los Jiménez, los Arvelo, los Ángulo, los Villafañe, los Febres. Y en la esquina de la Plaza, abierto los grandes portones, el Hato de la Fundación, como llamaban la primera vivienda en el más reciente asiento de Barinas, a partir de 1742. Sobre el portal, grabado el nombre y el año para que no se olvidara nunca.

Al salir hacia las afueras del poblado, como lo hacía en las tardes, acompañado de mi padre, nos encontrábamos con las ruinas del antiguo Hospital de Caridad y entre ellas, construida la Quinta Bolívar de Napoleón Sebastián Arteaga, nieto del marqués de Boconó e ideólogo de la Revolución Federal. Un caserón casi caído que mostraba en su patio, el pedestal del primer busto de Bolívar que con arcilla de Punta Gorda, modeló el maestro Manuel Toro escultor de campanas de bronce como las que anunciaban las horas desde las torres del cuartel.

Y este Cuartel, cárcel colonial desde cuando el gobernador Miyares lo reconstruyó, continuaba siendo cárcel, con su garita en la esquina y las ventanas del segundo piso llenas de presos asomados con tanta ansiedad, que inspiraban miradas de compasión: Cárcel de acequia honda en la calle de enfrente para surtirla de agua. Agua clara y raudalosa que en los sitios de la guerra, era derramada por los sitiadores al reventar, a balazos, los baldes que en los extremos de una caña brava, sacaban por las ventanas, los sitiados desesperados de sed.

Afuera, en la esquina de la plaza de Bolívar, elegante y airosa, todavía se mantenía viva con el tronco acribillado de plomo, la mapora de los fusilamientos que desde la guerra de Independencia, había servido para atar a ella a los condenados a muerte.

Una cuadra más allá, altiva y conservando sus balcones, única entre tanta ruina, la casa de alto de Agustín Codazzi el geógrafo italiano y coronel artillero, gobernador de Barinas en 1845.

En la sabana cercana, el Caño Capuchino donde José María Pumar fusiló el fraile que maldijo la ciudad en 1813 y anunció antes morir, que las aguas del Santo Domingo lavarían su sangre al inundar alguna vez sus calles. Más allá estaban los zanjones de lo colerientos, sepultura de las víctimas de la epidemia que azotó la providencia en 1854; y no podré olvidar por lo hermoso del texto, una placa de mármol donde se expresaba por sí solo lo que debe ser un médico: “Al doctor L. Amitesarove muerto en la epidemia mientras ayudaba a sus enfermos”. Refulgía aquel nombre en letras de bronce bajo los rayos de un sol declinante en aquel cielo tan azul.

Más tarde al entrar a la población por la reja de Pedraza, cruzábamos por el cementerio viejo y entre sus tumbas enmontañadas podían leerse muchos nombres familiares que inspiraban nostalgia y miedo, porque eran los mismos nombres repetidos por generaciones como si allí resucitaran los muertos.

Allá lejos, en plena Calle Real, nos esperaba la casa de los abuelos con sus anchos corredores y el corredor de larga mesa, donde se sentaban, antes de llegar la Guerra Larga, los doce hermanos Tapia y Baldó. Y dentro de esos aposentos, infinidad de historias como la del pariente que se fue a Nueva Granada y años después de su muerte, regresó su hijo con un plano de la vieja casa donde su padre dejó marcado el lugar de un tesoro enterrado de 16.000 onzas de oro que, luego de hoyar en sitios diferentes, no aparecieron nunca.

Sin embargo, ese mundo del pasado se iba esfumando a medida que se alejaba del centro de la ciudad y en los alrededores, se encontraban las viviendas de los nuevos habitantes llegados de todas partes.

Casa con techo de palma real y paredes encaladas de familias pobres que a pesar de los malos tiempos, vivían decentemente porque en sus patios, limpios y anchurosos, no faltaban las aves de corral, la troja de aliños caseros y el conuco de topocho y yuca para la diaria necesidad. Y la mayoría de estas familias, tenía tres o cuatro vacas que pastaban en la sabana comunal. Por eso en la mañana, se escuchaban los bramidos de las vacas que esperaban les abrieran las rejas del pueblo para, por el medio de las calles, llegar a los corrales de las casas donde las llamaban sus becerros y el ordeño de cada amanecer. Eso era la ciudad, un conglomerado primitivo donde pese a las diferencias sociales, se mezclaba lo urbano con lo rural, los ricos con los pobres, dentro de cierto clima de convivencia que permitía el sistema político implementado en la nación.

Sin embargo, ya todo comenzaba a cambiar. Hubo un gobernador que dejó la tierra limpia al talar los árboles de las plazas: y las calles empedradas, con sus aceras de ladrillos, fueron suplantadas por calzadas de cemento.

Algunos portones de campo de las casas de los dueños de hatos, se habrían para dejar salir automóviles en vez de los caballos de otros tiempos, aunque no pasaban de media docena los carros traídos de Caracas cruzando en balsa los ríos majestuosos. El Buick de los Chejin, los primeros banqueros de la región, era el más lujoso. Y el Banco de Venezuela, fundado por ellos, suplantó desde entonces, los comerciales que daban dinero en préstamo con garantía de las cosechas de ganado o frutos, a los funderos de las sabanas. Después el Ford negro del gobernador, cuatro o cinco automóviles más y hasta allí llegaban los signos de la civilización.

Esas son las vivencias que me vienen a la mente cuando comienzo a comparar la Barinas de mi infancia con la ciudad actual plena de luces, vehículos de todas las marcas, avenidas, vida fácil; y lo más difícil, hacer entender a las nuevas generaciones que los hechos narrados sucedieron solo hace cuarenta años, arrebatados por un cambio permanente, con la velocidad del viento en esta rica Venezuela de época reciente.

FUENTE: José León Tapia Contreras. “La ciudad”. En: La Prensa. Barinas, 6 de marzo de 2004. Publicado en Édinson Pérez Cantor (Compilador). Barinas en la mirada de José León Tapia. Barinas: Ediciones de la Unellez, 2012, pp. 100-104.

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Acerca de proyectodelaluzsh / Samuel Hurtado

Licenciado en Historia Cum Laude por la Universidad de Los Andes (2007) y Licenciado en Educación Mención Desarrollo Cultural por la Universidad Nacional Experimental Simón Rodríguez (2009). Ganador de Concurso Nacional Historia de Barrio Adentro capítulo Barinas con el trabajo: La Juventud, un periódico obispeño a fines del siglo XIX. Ganador del Concurso Juvenil “Conoce y Evalúa tú Patrimonio Inmaterial” convocado por La Unión Latina y La Unesco, capítulo Venezuela (2010) con la investigación: Las Panelas de La Luz: dulce tradición del llano barinés. Autor de Carlos Colmenares y el arte de esculpir: catálogo de sus obras y fuentes para su estudio publicado en el año 2008. Ha publicado en revistas nacionales e internacionales. Actualmente cursa la Maestría en Historia de Venezuela por la Universidad de Los Andes-Mérida y se desempeña como Jefe de la Unidad de Patrimonio Cultural de la Coordinación de Cultura de la Secretaría Ejecutiva del Poder Popular para la Cultura, Turismo y Deportes de la Alcaldía Bolivariana Socialista de Barinas.
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