Rafael Ánel Insausti y la Poesía Infantil


Carmen Mannarino.

Todo lector de “La herencia leve”, de Rafael Ángel Insausti, sin esfuerzo intelectual alguno, percibe un estado de candor que la palabra como honda sencillez le confiere valida de la connotación y del ritmo. Mundo alado y de nostalgias, universo de misterios e imágenes humanas que en el cumplimiento de acciones cotidianas, o por el simple y complejo hecho de existir, van enhebrando una red que es reservorio esencial del mundo, hecho levedad por la gracia de la alada palabra. Leve el poeta mismo, su figura, leve su verbo por la delicadeza que es alcance de elegidos, leve la herencia que lego a la niña que es síntesis de genérica descendencia:

Te dejaré la luz, el ala, el canto.
Mi herencia leve es esta: la luz, el canto, el
Ala. Esta es mi sola herencia (p.9).

¿Qué mas, otra y mejor herencia de poeta? No solo por estar desprovista de materialidades, sino que ya poeta con sensación de desarraigo, Insausti no poseía ese telurismo que ha justificado ante sí mismo y ante los otros la vida y la obra de poetas, en quienes la tierra es tatuaje y posibilidad de legado. La luz, el canto, el ala, herencia universal de espacio eterno para quien se inicia en el difícil oficio de la vida. Es decir, toda la claridad del mundo, todas las cadencias del espíritu, toda la capacidad de sueño, en esos tres símbolos extraídos de la más regalada cotidianidad.
¿Qué niño no se siente dueño de la luz, de la música o de los pájaros? La negación de esa posesividad se la irá presentando el lado amargo de la vida, mejor, de la sociedad, con el andar de los años. Mientras tanto, la ilusión es –deber ser- la legítima habitante del alma infantil. Más adelante el poeta dice:

Gritas. Pones en el cielo tu grito.
Mas tu grito hace bajar la estrella, el sol, la
lluvia: lo que acaricia, lo que ilumina y vuela. (p.13).

Ahora nos provee de una sus claves de elaboración poética al explicar la significación oculta tras la mención de los tres elementos. Y la pagina toda de “Elegía” a un pájaro de “trastornadora belleza” que la niña hizo violetamente suyo, concluye con la sugerencia de la muerte y el enigma de lo que esta después de ella, comunicado con ritmos un tanto alterado.
Inmóvil, fija su sombra aquí, ¿adónde sigue-por la región de la que no se vuelve-, para siempre volando, mas pájaros que nunca?… (p.13).
La aprehensión de la animicidad infantil preside una y otra estampa, está presente una y otra vez, demostrando que el poeta se sintió ese “niño eterno” que recomendaba Rabindranath Tagore cultivar, que supo olvidarse de la edad y el saber para acercarse de nuevo al estado espiritual perdido, en actitud de recuperación y aprendizaje. Algo semejante a lo que poéticamente expreso. Unamuno en:

Niñez eterna de la mar, ensueño
de un alba eterna…
me baño en la niñez rosada y tierna
cuando es todo el empeño
vivir sin más, dejarse ser soñado
y oír la propia sangre como canta…
(Romancero del destierro).

Una veces, en el libro, es la sensación de un deseo, apresado en la palabra: “ella pide lo que huye, lo que nunca se aquieta” (p.15), al que la sensibilidad estática acerca nuevos elementos: “y por el aire, para darle gusto, discurren brisas, nubes, pájaros…” (id.)
Otras, la nunca agotada sorpresa ante la s pequeñas maravillas de la naturaleza: “A la noche todos los ahuecaron las manos y en ellas mimaban una llamita tremula.” (p.17). también el misterio que desde los desvanes de la memoria permite el recuento de tesoros escondidos, de memoriosos escalofríos, de Imaginación”, “que cambia la esencia y el nombre de las cosas” (p. 11), como la define, para desterrar la duda que alguien pueda aun abrigar sobre la coincidencia de procedimientos en el adulto y en el niño respecto a la metáfora. El mismo Insausti la realiza cuando escribe sobre el grillo: “Por los aposentos, por los corredores y el jardín de las manos se desbordaba un agua de oro, en la sombra  del canto”. (p 17 “La herencia leve”). O sobre el relámpago: “cuando la noche se agriete y se haga ruinas y el agua extienda- sobre el mundo- acariciadoras húmedas telas blancas, ¡ocúltate en la cueva instantánea del oro! ¡acógete a tu dios palpitante! (p.11).
Para desalojar en el adulto ese pretendido acercamiento comprensivo de la literatura (¡ay, la escuela!), como si se tratara de conocimiento lógico, el escritor enfatiza en eso de que ser comprendida no es el fin de la literatura y menos de la poesía: “debe ayudárseles a sentir el poema y a interpretarlo en términos de poesía, jamás de raciocinio” (p.13) porque: “lo esencial es que el niño, al leer poesía escrita para la infancia, se reconozca en la misma con las infinitas posibilidades que le ofrece el hecho de o saber distinguir entre el sueño y la realidad, entre las cosas como él las imagina y como en efecto son”. (id.). En estos dos juicios fundamentales el autor la selección, los cuales le permitieron, válidamente, colocar la “cancioncilla de navidad” de Pablo Rojas Guardia, “La tinaja morena” de Jacinto Fombona Pachano, emociones suscitadas por vidas de insectos, como en “Los batallones  silenciosos”, o del hombre embrujado de quien solo pervivió una voz para el recuento de dichas no olvidadas, en “una voz”. En fin, un conjunto de hermosas levedades con la infancia como pretexto para hablar de la vida como verdad que yace en cada miniatura existente, en cada ráfaga de existencia.
Luego de esta muy rápida presentación de “La Herencia leve”, cabe la pregunta de si Rafael Ángel Insausti delibero  acerca de un destinatario primordialmente niño –o adolescente- para el libro, que acusa la dedicatoria a los niños Nathalie-Josianne-su hija francesa-, o si ella es apenas un pretexto para acercarse más verídicamente a la vida, seleccionado de ella los primeros asombros y emociones, los más sutiles desengaños. Quizás viene a nuestro auxilio, acertadamente, el criterio del poeta como visionario, que nunca incólume ante la decepción de la realidad, decide jugar sobre ella valido del embrujo que lo involucra dentro del sentido que, por naturaleza, el niño confiere al mundo. Es la zona de confluencia del niño y el poeta, en cuanto sentido mágico y expresión creadora. Por algo dijo Fryda Schultz de Mantovani que “la infancia es la edad en la cual todos los hombres son poetas”. R.A. Insausti se coloco en esa dimensión para escribir “la herencia leve”, sin duda, remembranza de orígenes, razón que explica el que un ingrediente nada infantil se inmiscuyera en las páginas: la nostalgia. Es ella la que destina el libro mas bien a la adolescencia, cuando la irrupción del ensimismamiento paraliza por grandes trechos de tiempo las acciones. Rosas, jazmines, casa de tejas y tinajero, grillos, rinden cuenta de un tiempo que la nostalgia desde otro continente –el libro fue escrito en Paris- cubre de esplendor duradero.
No resulta inocente la incursión ficcional de RAI en el mundo de la infancia. Nueve años antes -1956- la Imprenta López de Buenos Aires había publicado “La poesía venezolana para niños”, antología con selección, prologo, notas y epilogo suyo. No resulta Insausti un compilador más, sino un conocedor del alma infantil a la que primero se acerco, con este libro, a través de otros poetas venezolanos. Y no poetas que deliberadamente escribieron “para los niños”, en su mayoría, sino quienes a través, de temas extraídos de la infancia o de motivos que por su tratamiento lúdico y fantasioso, resultan apropiados para el gusto infantil, y, en extensión, para todos los gustos. Bien conocía Insausti las potencialidades creadoras del niño, quien las posee, no por artista sino por niño. Y para el se empeño en reunir en volumen más de sesenta poesías, con la confianza del valor estético y la probabilidad del acierto. A sabiendas de que no bastaba la compilación, unas breves palabras la anteceden, para sentar criterios de selección, más la alcaratoria  de que, por razón de disponibilidad poética, resulta apta para los niños que dentro del campo de la lectura se manejan con independencia, además de, por supuesto, para padres y maestros, los legítimos proveedores de estímulos que alertan la sensibilidad del niño y los mas obligados a ser mediadores en eso de proveer adecuados materiales de lectura.
Cuando se refiere a la metáfora, e breves párrafos compendia el valor expresivo de la figura, a conciencia, sin duda, de que es uno de los aspectos que ha concitado mas posturas encontradas, pues sobre ella la sensibilidad y el raciocinio han esgrimido lanzas.
El poeta metaforiza para expresar con imaginación y con un lenguaje propio su mensaje. El niño crea metáforas porque ellas posibilitan su expresión cotidiana, dadas su limitación de léxico y su innata capacidad creadora. Insausti, hermosa y didácticamente, explica el proceso formativo de “ese desenfado de la “Giraluna duerme el niño” de Andrés     Eloy Blanco, “Viaje” de Miguel R. Utrera, la “Elegía a un elefante” de Aquiles Nazoa, junto a poesías elaboradas expresamente para el destinatario niño, como los de Manuel Felipe Rugeles, Alberto Arvelo Torrealba, Beatriz Mendoza Sagarzazu, Morita Carrillo, porque responden a su sensibilidad por las cosas naturales y por el mundo del hombre,
Ilusión esta de logro de su tránsito a través de las primeras edades.
En el campo de la literatura infantil, el aporte de Rafael Angel Insausti no decide de sus otros aportes a la literatura venezolana. Como en ellos, involucra lo creativo y lo conceptual. Tanto “La herencia leve” como “La poesía venezolana para niños” requieren nuevas ediciones al alcance de la escuela y del niño.
(1)    Todas las citas han sido hechas de la edición de “La herencia leve”, edición de 1989 (S.N).

FUENTE: Carmen Mannarino. “Rafael Ángel Insausti y la poesía infantil” en Parángula (Revista del Programa de Cultura de la Unellez). Barinas,  octubre 1990, año 7, nº 9, pp. 38-39. Transcripción: Carmen Martínez/ Unidad de Patrimonio Cultural

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Acerca de proyectodelaluzsh / Samuel Hurtado

Licenciado en Historia Cum Laude por la Universidad de Los Andes (2007) y Licenciado en Educación Mención Desarrollo Cultural por la Universidad Nacional Experimental Simón Rodríguez (2009). Ganador de Concurso Nacional Historia de Barrio Adentro capítulo Barinas con el trabajo: La Juventud, un periódico obispeño a fines del siglo XIX. Ganador del Concurso Juvenil “Conoce y Evalúa tú Patrimonio Inmaterial” convocado por La Unión Latina y La Unesco, capítulo Venezuela (2010) con la investigación: Las Panelas de La Luz: dulce tradición del llano barinés. Autor de Carlos Colmenares y el arte de esculpir: catálogo de sus obras y fuentes para su estudio publicado en el año 2008. Ha publicado en revistas nacionales e internacionales. Actualmente cursa la Maestría en Historia de Venezuela por la Universidad de Los Andes-Mérida y se desempeña como Jefe de la Unidad de Patrimonio Cultural de la Coordinación de Cultura de la Secretaría Ejecutiva del Poder Popular para la Cultura, Turismo y Deportes de la Alcaldía Bolivariana Socialista de Barinas.
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