Rafael Ángel Insausti: la Palabra como Desnudo Símbolo.


José Napoleón Oropeza.
(Discurso de orden en coloquio de Literatura en Barinas, 1990)

De nuevo reunidos unos cuantos hombres y una misma sombra, sobre la única sabana que aún conserva sus caminos: los del norte conducen al cielo, los del sur conducen al cielo, por ambición a las alas. Barinas es el viento, el ruido de los ríos, pero todo es sabana que nos lleva ¿hacia dónde? Hacia un confín que se ofrece, como una mesa redonda a la cual le crecieron leves pajonales donde pastan el viento y los animales: apenas si comienza la vida en la tierra. En Barinas, nuestra querida tierra, la mano de Dios raya con serenidad y alborota los ríos: esos ríos que, como su cielo, o dejamos de mirar. Tampoco el hombre, cuando llega a esta tierra. Ante la visión del cielo claro, desciende dios a la llanura y deja estrellas en sus ríos y caños. Comprende, para siempre, que es lo mismo vivir en el cielo que en la tierra.
Cuando niño, paseaba sobre el agua de los caños en Puerto de Nutrias. Barinas, la capital del Estado, resultaba un sonido lejano, veloz, luego, mi familia se traslado a Pedraza, a ciudad Bolivia. Un buen día hubo de atravesar el Canaguá, el Curbati, el ancho y misterioso Pagüey, supe entonces lo que significaba el sencillo y lento vuelo de las garzas y su retorno al lecho de los ríos. Por aquellos años, no existía carretera, aunque construían lo que parecía ser un terraplén. Por el camino angosto sobre el cual transitaba en compañía de mi familia, en una vieja camioneta, cargada de poca ropa, de unos cuadernos, de una vieja pelota, de un morrocoy, supe la bondad de aquellos ríos en cuyas aguas me sumergía tantas veces. Al atravesar el rio, una corriente repentina arrastro la camioneta: fue para mí, sin saberlo, un valor en mi vida. Vi nuestras pertenencias en el agua.
La tierra y el rio que o podía dejar: debía volver todos los años, varias veces al año, por ese cuaderno, por esa pelota, en busca de este “cielo rotundo”, de estas espigas que resisten al viento alisio, de ese ruido de las aguas que achican las piedras y la visión de la garza que, todavía, continua sobre las piedra, apoyada en una sola pata, el pico, el aire, oyendo el estruendo del agua, en busca ella también de una vieja pelota, “mensaje crucificado de alas” que marcan el inicio de un camino y, en el cielo, en esta tierra, la serenidad impávida de una brizna de paja.
Nadie que se va de esta sabana se puede ir de un todo. Las aves lo saben, pese a los incendios, a la sequia, y a todas nuestras calamidades, provocadas o no, esas calamidades constituyen siempre un motivo de vuelta, una manifestación de la vieja reciedumbre del ser llanero; ese ser ha quedado cincelado en las  coplas d Alberto Arvelo Torrealba: allí donde el mito, nuestros mito, halla motivos para otro anhelo, para la costura de cielo y de tierra, en una palabra, apenas relámpago, la luz de u cielo rotundo. O e los poemas plenos de claros enigmas de una Enriqueta Arvelo Larriva que tomo nuestro paisaje, no solo para convertirlo  en el objeto De belleza interior, sino para cantar, por nosotros, en nuestro nombre, a los elementos de esta tierra, a los elementos y figuras trascendentales de nuestro paisaje. Un Orlando Araujo, José León Tapia y nosotros, con una modesta contribución en algunas narraciones y novelas, a la explicación de nuestros mitos y leyendas.
¿Quién de nosotros no ha sido tentado a aprenderse de memoria los estupendos relatos de Orlando Araujo? Muchas veces me ha tomado el recuerdo del impacto que produjo en mi espíritu la lectura de Un muerto que no era el suyo y otro relato de Araujo, cuyo latido de la prosa significo, para mí, un hondo sentir y un aprendizaje que no acaba: recuerdo, como si sucediera ahora, los días compartidos con compañeros de estudios de la UC, leyendo en alta voz Que todos los caminos te devuelvan: su palabra fue profunda resonancia, largos instantes trataban de oír sus acentos. No solo significo mucho ese relato como materia y costura de mitos sobre la violencia de nuestras legiones llaneras y andinas, sino también me sentía fascinado por la estructura de aquellos relatos. Y así fue sugiriendo un dialogo, desde la distancia, o la obra de nuestro primer narrador. pasaron diez años. En víspera de su muerte, nos encontramos en barina
Hablamos por primera vez: tuve conocimiento de su alma, de la sencillez de un espíritu que había escrito relato corto, a la par que la penetración en nuestras tradiciones, leyendas y mitos, o la magia sapiencia de un maestro. Hasta el último día nos estuvo acompañado con esa quijotesca empresa de examinar la literatura y las formas literarias producidas bajo el cielo de barinas, empresa que se ha mantenido con devoción y amor, gracias al empuje quge le han dado Alberto José Pérez, Avilmark Franco, José León Tapia, otro de nuestros maestros, admirado desde hace muchos años, por su obra de investigación de nuestra más profundas imágenes, e históricas  imitado en un libro de su  producción. Maisanta, el último hombre a caballo, constituye, sin duda alguna, una obra clave en la historia de la literatura en nuestros país.
Una hermosa y definitiva manera de examinar nuestra historia, y escribirla e interpretarla, con un lenguaje preciso pleno de imágenes simbólicas, de motivos míticos recreados con la sabiduría y el acierto de un Oscar Lewis y la habilidad y maestría narrativa de un Díaz Sánchez, y de un Pocaterra, de un Ramón J. Velásquez.
Ese libro se constituye, a una década de su publicación, en una referencia literaria obligada, por la combinación de herramientas propias del periodismo y de la novela, a la hora de examinar nuestro pasado histórico. Sorprende y encanta, igualmente, por la belleza de su expresión, sobriedad de sus descripciones, el lenguaje que enmarca una época de lucha y ensoñaciones: un libro clave también por la asimilación interior de un mundo ido, de una época histórica de la que apenas si existe registrado un análisis. Y nunca como el que emprende José León Tapia, maestro en su lenguaje poético. Renueva la tradición de otros maestros del género: libro que signa el momento de una nación; nos ha hecho compañía como hervor invisible, flecha segura que aspira a fijar un devenir.
Siempre los maestros, a la hora de encenderla lámpara y contar (como lo expresa en un poema, el gran poeta Rafael Ángel Insausti, alrededor de quien nos hemos sometido a la mesa de nuevo) historias diáfanas, mientras el orden se amuralla y damos calor a la eternidad, por el efecto y las alas que procuramos, con nuestra letra y manos a esta mesa, traer la figura de Rafael Ángel Insausti, el desterrado, el de los labios de un rio mayor cercado que no dejo de soltar fantasmas doloridos de esta ciudad. Estuvo presente en sus poemas, desde su primer libro Desasosiego de los horizontes, encierro definitivo de este paisaje de viento y de hormigas triunfales, de ríos que siempre avanzan a prisa:

“Inútil la vida al arrimo de esta paz inmensa sobre la tierra con su hervor invisible, allá van los caminos, el deseo que salta horizontes, las prisas del rio y el suspiro de palma complementario de la mirada azul del estero flechada hasta la garza que en aguas dormidas tuvo nido de luna…”

Distintos a nosotros en esta insistencia en el retorno, en la vuelta al remolino, a la mudanza sobre una carreta destartalada que en Canaguá, el Curbati y el Pagüey, han volcado en las venas muchas veces, nuestro poeta optó por el destierro definitivo. Dijo  a dios al tacto y al oído del rio, a la visión de la espiga
Que se arquea, como anuncio y bandera de que volveremos a Barinas. Nunca más retorno. Se impuso el destierro total, absoluto como tema, la soledad con ansia de una fuga a través de un hueco, el de la luna en silencio. Sin visión de última garza, dedico sus esfuerzos a reconstruir esa inmensidad en sus poemas:

Tropiezo a cada instante
Con la soledad, resquebrajada
Por vientos echados en incansable rio de
Humor,
En tumultuosa corrientes de alas,
Tan ancha la sabana que ni con mil gritos
Se llena.
Ta ancha
Tan sola! Tan verde!
Qué bella aquí una ciudad!
Una ciudad que fuera toda blanca…”

A partir de ese primer libro, Rafael Ángel Insausti empezará a convertir esta llanura en objeto simbólico y única posible residencia, refugio para el dolido y solitario espíritu, aun residiendo entre las brumas parisinas, y consagrado al trabajo de traductor de los grandes maestros de la poesía francesa. Indudablemente, recibió influencia en su trabajo del verso, al traducir obras definitivas de Mallarme, Gerard de Nerval, Apollinaire, Reverdy, Schaehadé. Insausti, no abandonaría nunca este paisaje que tomará como símbolo, vivencia que se reconstruye en un rumor lejano, y, no obstante, con fuerza y caos de remolino, como en ese hermoso poema, “Rio Suripá”, de Desasosiego en los horizontes:

SERENO
Como en el mapa,
Engañador, malévolo.
Cómplice suyo la garza,
con la mala intención
emboscada en el sueño alerta-allá arriba-
sobre el equilibrio de una sola pata.
Sereno.
-apariencia pura-
Sé que ya aprendió turbias enseñanzas.
Cuando yo era niño
Le di lecciones de mi pelo crespo.
Lo araño mi mano.
Lo oprimió mi dedo sobre el viejo mapa.
Pero no logre nunca alborotarlo.

En ese primer libro de Insausti, las referencias al paisaje son siempre motivos de reminiscencias, anhelo de viaje. La imagen se torna objeto de invocación, de evocación, y de ambición de alas: el alma ansiosa del poeta busca reconocimiento de los lugares perdidos. En los siguientes textos, Brisas del canto; Aire de luz, el objeto real, motivo de reminiscencia, adquiere la profundidad y autonomía del símbolo.
Las imágenes, los acaeceres, aunque son tomados como motivos del poema, funcionan como la excusa para otros saltos: el trabajo del motivo sin la referencia real inmediata, sin la interpolación de indicios concretos de un paisaje, la llanura y sus horizontes.
Pero aun no se desprende, totalmente, el poeta de la referencia a: las imágenes de la tierra, tras la búsqueda de las fuentes de la poesía clásica  de nuestra lengua, y el hallazgo de ciertas formas de poesía simbolista.
Tras esa vía, los textos de Estar Vivo y se llevarán la noche, que constituye quizás, su obra más lograda, se encaminan hacia la formulación de una forma más original, sin abandonar sus temas de la soledad, el destierro y la melancolía, motivos fundamentales de su trabajo en nuestra lengua. Al respecto, Eugenio Montejo, en el prologo de la edición de sus obras, publicadas por la casa de Bello, en 1984, señala lo siguiente:

“cuando examinamos estos poemas de su etapa madura, se nos hace visible cuanto ha bebido en la fuente de la tradición de nuestra lengua, si bien un distingo común a cierta línea de modernidad que reivindica se concreta en su patente rechazo  toda tentación oratoria”.

Estar vivo, editado en 1969, se centra en el tema de la muerte y de la melancolía. El poema se resuelve tomando a la imagen como vehículo para llegar, de manera directa, a establecer un dialogo con tales motivos. Hojas, otoño, piedra, caminos, verano, constituyen excusa para ese contrapunto entre el sueño del alma que busca encuentro con otro. Los temas del destierro y del exilio, que marcan el final de la vida de nuestro poeta, afloran como constantes en este indagar tras el total despojo:

“…No hay viajes y no hay sueño.
No hay adiós. Y descanso o hay.
Enterremos aquí nuestro temblor de gozo
Y olvídate y olvídame. Si preguntan,
Tú ya no estás, yo ya no estoy”

Se llevaran la noche, publicado en 1975 por la Universidad Central de Venezuela, conjunto de treinta poemas, señala el momento máximo de la indagación poética de Rafael Ángel Insausti, punto culmínate de un trabajo del verso que, desde su libro, las voces ilusorias, de 1960, se orientó a la imagen como recurso de historia. La palabra despojada busca fijar el sueño y la eternidad, un acaecer y flujo de momentos diferentes, a la manera de una coincidencia y, al mismo tiempo, de contrapunto temporal:

“Detrás del muro un agua inmóvil
Inscribe en su memoria las nubes,
El sol, los pájaros, las noches,
Detrás del muro un país claro
aprisiona todo lo que huye”.

La aprehensión de lo real, de la palabra que fija la evocación o la presentación de lo poético y rastrea memoria, opta, ahora, por la creación de un enigma: la atmosfera, el temple, tiende, esta vez a crear el instante mismo como un misterio, comunión del signo con lo eterno. El muro y el agua fijan lo temporal, también lo intemporal, la eternidad de una visión momentánea.
En sus primeros versos, la imagen tendía a la representación, en fucion de recreación de una memoria intima. Ahora, la palabra genera otro sentido, determina su propio sentido:

Dormido en esta tierra.
Con un pueblo de pájaros
arriba.
La canción, el agua.
A las nubes, los sueños.
Logró la memoria ser piedra.
La brisa inventó el tiempo.
brisa y piedra
Sustentan su batalla.

Las palabras, después de Mallarme, crean la realidad, una realidad superior. Eso lo intuye Insausti a partir de ese libro. La idea, el concepto, engendran o contribuyen a crear otra música: la realidad no desaparece ante la idea. Piedra y brisa, en aquel poema, inventan el tiempo desde el instante en que se toma a la brisa y al aire como cosa no para aquí, sino para el eterno, lo absoluto. El aire quiere el viento y el viento se convierte en piedra: la poesía es el lenguaje de los sentimientos, pero ello no impide, como señala Cesar Fernández Moreno, que la “inteligencia sea uno de sus ingredientes”.
De su trabajo callado de traductor de los más grandes poetas franceses, desde Baudelaire, fue brotando, en Insausti la necesidad del trabajo de la palabra como desudo símbolo.
Luego, pasó a recreación de imágenes. En ese sentido, toma imágenes históricas: recrea hechos pasados. Recrea imágenes de Valéry, toma imágenes pictóricas de Cezzanner; cualquiera sea el tipo de imagen que se proponga crear, el trabajo de la palabra parece retornar hacia lo primigenio, a un encuentro arquetípico, a una comunicación con la esfera en la cual se gestó

Esta muralla y estas torres glosan
La eternidad.
Por ellas fue infinita la batalla.
Por ellas nadie entiende
que en una plaza
hay un aljibe
En donde gime
El agua,
en donde el agua dice:
-Piedras y nubes pasan.
No pasan estas piedras ni esas nubes.
Duran, Duran para siempre.
Para que siempre dure la batalla.

El juego poético se establece mediante el diálogo entre una palabra y una idea; la composición del poema requiere dibujar un entorno en el que se acentúa la necesidad de representar esto y, al mismo tiempo, lo otro, lo atemporal, lo eterno; registra el agua la impresión del momento, como la piedra y la nube.
Pero también lo que ha permanecido siempre: la batalla no acaba; sucedió un día para la eternidad y delante del pozo, del aljibe, parece comenzar, a cada instante.
Inteligible y sugerente, el poema procura ese temple de ánimo y nos enfrenta al misterio. Pero a la vez, nos entrega las claves para su revelación. Cada poema parece contar una historia; sugiere el motivo, también la interpretación de ese motivo (“No pasan estas piedras…para que siempre dure la batalla”),la  comunión mágica con todo lo que significa el poder del sueño, de la ensoñación; crea una imagen que irradia misterios. El mundo es real, pero también irradia otra cosa: lo inefable y la música del sueño requiere de palabras y de tiempos encontrados: murallas, torre, aljibe, crean un cosmos que se forma y desmorona sin reposo por la magia del agua.
Ondula el alma y el cosmos, el universo todo, en estos poemas de Insausti que graban, para la eternidad, el significado de su exilio total. El mito es el hombre que sueña, y el sueño es el mito del hombre que combina estas imágenes y crea fantasía con hechos concretos. A partir de ello alude a lo eterno.
Pero lo eterno y lo extraño pasa por el alma y el alma busca el infinito en esos detalles inmediatos que se presenta como grandes enigmas:

TOMO,
Tomé el invierno
Y el verano.
Deseara ser solo propietario.
Su propietario solo.
A ti Vivaldi, dejo
la primera y el otoño.

El poeta nos deja una historia, un discurso, una imagen enigmática que debemos tomar, revelar, cualquier detalle lleva a lo absoluto, a lo intemporal, a la recreación de una fantasía a la visión fantástica de una naturaleza que ha mudado sus esencias. Porque el alma vive la aventura a través de “todos los tiempos y todos los espacios”. Aunque se trate de la visión de una pequeña tortuga o de un caballo que, de pronto, se transforma en marcha:

Llega el caballo. E su lomo un jinete
invisible.
Danza, relinche, vuela.
Más tarde
Será estatua.
Vuela, Relincha. Danza.
Pero sus ojos son de agua quieta.

El mundo fantástico requiere de la alteración onírica de la naturaleza melancólica, que alucina y se transforma en un jinete, en Edipo, rey si día, con halcones por manos y bordón por ojos. Porque el alma enajenada se entrega a la melancolía de una visión inmediata, real, y transforma es aventura en pasaje hacia todos los espacios, hacia todos los tiempos, cada vez mas lejos de su sitio de nacimiento. Es el exilio como la vida, al alcance de una suprema realidad, tras la cual los objetos y seres reales pierden su esencia y ganan en totalidad. Las imágenes ya no pertenecen a ninguna realidad, aunque engendran u cosmos, por estado de ensueño, en viviente encantamiento, por magia de la palabra y de los ritmos:

Este pueblo sin nadie,
Que como un secreto
Se quiere instalar en la tarde,
Este pueblo no tiene un canto, no tiene un grito,
No tiene un gallo que dé la hora.

Y coloque en el tiempo sus árboles, sus  calles la fantasía creadora sueña ahora a un gallo que empiece a ordenar el mundo de visiones que se instalan, en la posible tarde. Combina las imágenes el alma; intuye sus visiones. Pero haría falta un gallo que agrupe ese quehacer de cielos. De pronto, como sucede en la obra de picaso, quizás requiere alguna exigencia objetiva para otro desorden, la imaginación de un mundo en el cual varias alternativas crean la visión absoluta por “condiciones de átomos que disgregan, para formar grupos totalmente distintos”, como señalaba Marcel Proust, al hablar de las altas temperaturas del artista.
Y gran artista Insausti, a quien recordamos y homenajeamos hoy en esta tierra que tomo, también, como acción anterior y exterior, pudo entregarnos en se llevaran la noche el gran libro de la palabra trasladada, por una imagen, a diversas constelaciones.
Magia y sueño, poder de un verbo. El espejo más cercano nos lleva a dos, a tres tiempos, a diversos instantes intuitivos que bordan la imagen en perspectivas de profundidad a través de las cuales, como en un cuadro, circula el aire entre sus elementos:

“Da miedo, de tan frágiles, mirarlas.
Pero muerte y olvido no las tocan.
Por no herirlas detienese  la brisa
y se quedan inmóviles las horas”.

Las horas, las flores de un cuadro que alternan muerte y vida, horas sin verbo, de puro ensueño. Pues el acontecimientos real posible es amago; un acontecimiento irreal. Y, sin embargo, esto, como lo está el poema ante nosotros y las figuras de su creador, un nombre que nos llegaba envuelto entre la bruma, cada cinco años. Como si el propio Insausti fuera, fue, el cambio d imagen que se muda y se calla y su figura menuda constituya para siempre, el nervio de alguna hoja de otoño que hoy ha caído sobre una mesa, por el amor y la generosidad de quienes, en su nombre, nos han convocado a este Coloquio.
Veo y hablo de Insausti porque ustedes, amigos, me lo han enseñado. ¿Recuerdan aquel hermoso verso de Elliot que nos dice: “ve, dijo el pájaro, porque las hojas estaban llenas de niños?” Las hojas y las calles se han llenado de nervio de una hoja. Pero también ustedes son el grito del pájaro esta noche. Esta noche para siempre evoca el hallazgo de un libro, hace años, hace quince años, quince siglos de historia sobre un banco desnudo. El banco y su hoja. Lo tomé y suprimí las conjunciones. Porque no quería yo relacionar cosas que parecen no tener nada entre sí. ¿Habrá manera de conjugar el nervio de la hoja, la noche y el hueso del pájaro?
Pero el libro que yo halle, siglos atrás, se llevaba la noche y sus posibles astros. Y he venido para que ustedes, en nombre de Insausti, me devuelvan la noche y el grito de ese pájaro; porque veo por ustedes, niños, por ustedes que son ese pájaro, esa fuerza que dejo sobre un banco en un parque abandonado, el libro Se llevaran la noche. Eran muy niños, Carmen Mannarino, siempre niña traviesa, escultura indecible de Calder; era niña Rosita Terán, escondida dentro del bombillo d un farol; Eduardo Ali Rangel andaba abriendo huecos en las calles de sabaneta, para que estrellas y ángeles no salieran de allí; Víctor Mazzei González alzaba vuelo desde una alumbrada y seguía a la cometa que creaba una tonada; era niño Orlando Araujo y carne y hueso del aire sobre el caballo de Maisanta, José León Tapia y Alberto José Pérez sobre
Una alcarraza, y solo con su sombra a cuestas, mientras Avilmark, insistía que debíamos seguir, colmar las líneas que llevaban a Barinitas, donde los Arvelo nos podrían vibrar a todos en el alambre. Y así seriamos pájaros esta noche, esta misma noche.
Deslumbrados, los niños corrían por el parque y yo me quedaba solo, deslumbrado también con mi regalo. El ejemplar que quedaba en alguna librería.
Cualquiera de ellos lo dejó allí esa noche para que yo alcanzara el significado del nombre Rafael Ángel: doble ángel salido de la caverna del relámpago. El relámpago. El relámpago lo teníamos, lo teníamos en las manos. Un racimo de luceros bajitos.
Me fui de Barinas en una carreta. Volví a Barinas en una carreta. Y volví por un libro que aquella noche lejana de la inundación, volcadura del Curbati sobre ese niño y su familia, parecía flotar sobre las aguas.
Esos pasos tan raros, me digo. Siempre la vuelta o termino cumpliéndola. ¿Será así la eternidad de la batalla?
Por ustedes veo y vemos a quienes hemos sido convocados a este coloquio. Recién empieza una lectura del legado de aquel hombre menudo que aspiro tan solo tener los ojos de los peces, allí donde el rio siega el temblor de la luna sobre el agua. Rafael Ángel Insausti, ya no queremos salir de ese rio. Hemos venido a Barinas a descubrir cómo se dobla la espiga si no viene viento, como se para una garza que no tiene patas. Porque la sombra la graba en el muro, Ángel Rafael, tal vez para     que se venga el día, /los búhos/se llevara la noche.
José Napoleón Oropeza. “Rafael Ángel Insausti: la palabra como desnudo símbolo” en Parángula (Revista de Cultura de Unellez). Barinas, octubre 1990, año 7, nº 7, pp. 24-29. Transcripción: Lcda. Carmen Martínez, Unidad de Patrimonio Cultural)

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Acerca de proyectodelaluzsh / Samuel Hurtado

Licenciado en Historia Cum Laude por la Universidad de Los Andes (2007) y Licenciado en Educación Mención Desarrollo Cultural por la Universidad Nacional Experimental Simón Rodríguez (2009). Ganador de Concurso Nacional Historia de Barrio Adentro capítulo Barinas con el trabajo: La Juventud, un periódico obispeño a fines del siglo XIX. Ganador del Concurso Juvenil “Conoce y Evalúa tú Patrimonio Inmaterial” convocado por La Unión Latina y La Unesco, capítulo Venezuela (2010) con la investigación: Las Panelas de La Luz: dulce tradición del llano barinés. Autor de Carlos Colmenares y el arte de esculpir: catálogo de sus obras y fuentes para su estudio publicado en el año 2008. Ha publicado en revistas nacionales e internacionales. Actualmente cursa la Maestría en Historia de Venezuela por la Universidad de Los Andes-Mérida y se desempeña como Jefe de la Unidad de Patrimonio Cultural de la Coordinación de Cultura de la Secretaría Ejecutiva del Poder Popular para la Cultura, Turismo y Deportes de la Alcaldía Bolivariana Socialista de Barinas.
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